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Obstaculos a la obedience
por Richard O'Ffill
He aquí una afirmación tan profunda como verdadera: Una vida de obediencia resultaría fácil, si no fuera por nuestra tendencia o propensión a ser desobedientes. Bien quisiera yo decirles que esto no es así, pero ustedes mismos han descubierto ya que la vida del cristiano es una lucha del principio al fin. Las Escrituras se refieren a la vida como una carrera, aunque en este caso no se trata de una carrera contra otros. También hablan de la vida como una lucha, y sin embargo tampoco es ésta una lucha contra los demás. Del mismo modo, aluden a la vida cristiana como un combate cuerpo a cuerpo. Pero en todos los casos, el combate es contra lo que llamamos la carne o el demonio.
Existe en nosotros una misteriosa tendencia a hacer las cosas a nuestro modo y no al de Dios, a caminar siempre a nuestro antojo. He ahí la carne. Por otra parte existen fuerzas externas (el demonio y lo que llamamos "el mundo"), que permanentemente nos llaman y animan a la desobediencia. A simple vista parecería que no hay esperanza. Sin embargo, mi intención no es desanimar sino, por el contrario, evitarnos el desaliento.
Algunos cristianos se ven desconcertados al enfrentarse en una lucha contra la carne, el mundo y el demonio, y consideran que esta lucha o carrera debería estar libre de esfuerzos. Leen la palabra de Jesús, en la que Él afirma: "Mi yugo es fácil, y ligera mi carga," y entonces creen que algo va mal con ellos, quizás, por ejemplo, que no son sinceros.
Pero no nos desanimemos. Hay promesa de victoria para aquél que renuncie a sí mismo y que resista la carne y el demonio. No se trata de que no tengamos que tomar parte en la carrera, sino de que obtendremos la victoria tras correrla. No es que no tendremos lucha, sino que saldremos triunfantes. Es importante comprender esto, porque hay quienes piensan que si son tentados y caen se debe a que son hipócritas, e imaginan que esto los convierte en cristianos de segunda clase. Creen que hay cierta gente religiosa y cierta gente que no lo es, y que toda esa lucha significa que ellos no están del todo convertidos a Cristo.
Este sermón es uno más de la serie llamada "La bendición de la obediencia", puesto que la mayor bendición o felicidad que puede sobrevenir en la vida de una persona proviene de su obediencia a Dios. Por supuesto, cuando hablo de "felicidad" no me refiero al sentimiento de quien se ha ganado la lotería, de quien ha logrado fugarse con la esposa de otro o de quien acaba de fumar marihuana. Hoy por hoy el lenguaje está patas arriba, pero esto no puede continuar así. No podemos seguir confundiendo lo sagrado y lo profano mediante el uso de las palabras. La felicidad cristiana no tiene nada que ver con la adrenalina o con el sentimiento que sobreviene tras comer la fruta prohibida. En la vida cristiana, la felicidad ni siquiera significa ausencia de lágrimas.
El título de este sermón es "Obstáculos a la obediencia". Cuando digo "obstáculos", quiero decir que en nuestro camino a la obediencia hay escollos que pueden dificultarla y aun tornarla casi imposible. Si has tenido problemas con la obediencia en tu vida y no puedes comprender por qué no funciona para ti, probablemente se deba a que no has reconocido cuáles son en tu vida los obstáculos a la obediencia ni te has enfrentado a ellos, que es lo que todos deberíamos hacer.
Probablemente la principal causa de que la mayoría de nosotros no pueda disfrutar de la bendición de la obediencia es que tenemos lo que podríamos llamar problemas filosóficos con el concepto. Puede decirse, entonces, que el primer obstáculo a la obediencia es la incredulidad.
Muchos de nosotros han decidido ya que el tipo de obediencia a que aquí nos referimos, es decir, una obediencia consistente y total a todo lo que sabemos que es la voluntad de Dios en nuestra vida, es de hecho imposible de lograr. De tanto en tanto hemos procurado ser obedientes hasta en los detalles más mínimos, pero esto no nos ha funcionado. Por otra parte, como ahora algunos teólogos prominentes sugieren que la obediencia no es la base de la vida cristiana, esta virtud ha quedado desprestigiada en la vida de un gran número de cristianos.
Para muchos, la vida cristiana no tiene que ver con la obediencia sino sólo con tener una relación con Dios. Sin embargo, la idea es confusa, porque ¿cómo puede alguien plantearse una relación sin obediencia? Muchos están intentando embarcarse en una relación cercana con Dios sin tener en cuenta la obediencia. Descubrirán, espero que más temprano que tarde, que esto sencillamente no funciona.
Hay quienes no viven en obediencia, y sin embargo oran luego pidiendo a Dios que los bendiga. A propósito, ¿qué es lo que queremos decir cuando pedimos a Dios que nos bendiga? Desafortunadamente, un gran número de las bendiciones por las que muchos oramos son del tipo de bendiciones que aparecen en nuestra declaración bancaria mensual o en las buenas noticias de nuestro último chequeo médico. Nuestro concepto de bendiciones divinas generalmente se reduce a algo material o físico. No estoy diciendo que no tengamos necesidad de bendiciones físicas y materiales. Sin embargo, es evidente que la bendición más grande que cualquiera de nosotros podría esperar o recibir jamás sería el regalo de la obediencia. Estoy convencido de que cometemos un grave error al confundir la bendición divina con la prosperidad material. Cuando la Biblia afirma que Dios hace caer la lluvia sobre todos, significa que Dios ha creado aquí un mundo en el que alguien puede recibir bendiciones materiales tanto si es una buena persona como si no lo es. Pero no olvidemos que un millonario con salud perfecta que estuviere en desobediencia con Dios estaría en problemas serios. Dios nos aconseja no tomar a los ricos y famosos como modelos a seguir.
Resulta una ironía observar cuánta gente hoy día ora para hacer la voluntad de Dios y afirma luego que la obediencia es imposible. Oran para hacer la voluntad de Dios, pero muy adentro de sí mismos consideran que esto es inasequible. Aquel que no desee obedecer a Dios estará en problemas, pero aquel que, queriendo obedecer, considere que esto es imposible, estará sin duda en peores condiciones. Digo que lo estará, porque su pecado será el de la incredulidad.
Una persona puede tener sus razones para afirmar que la obediencia es imposible o innecesaria. Acaso piense en todos sus intentos fallidos, o en las consecuencias que podrían ser las suyas si caminare en obediencia. Pero, amigos, estemos atentos para no limitar a Dios. Sobre todo, no convirtamos la Palabra de Dios en una mentira negándonos a creer lo que Él dijo que puede hacer y que hará por nos otros. Él nos ha prometido moldearnos a la obediencia.
Me conmueve pensar que el Señor ha prometido darnos el regalo de la obediencia, del mismo modo que nos entrega el regalo del perdón. Entonces, dejemos ya de resistirnos al concepto y de luchar en contra, y creamos. Si somos capaces de creer que Dios perdona nuestros pecados, creeremos también que Él nos conducirá a la obediencia. Dejemos, pues, de resistirnos.
Como hemos visto, el obstáculo fundamental que mucha gente tiene ante la obediencia es simplemente la creencia de que ésta no es posible.
Otro obstáculo que muchos encuentran como excusa para no aceptar el regalo de la obediencia es el temor de que si de verdad fuesen obedientes se volverían, de alguna manera, fanáticos. Sin embargo, y contrariamente a la creencia popular, los fanáticos no son los que obedecen a Dios sino los que no lo hacen. Jesús no era un fanático, sino que eran los fariseos y saduceos los que se comportaban con fanatismo. Un pecador es un fanático. Fanático es quien es presa de la garra del pecado. ¿Quién es el fanático sino aquél que se obsesiona con el sexo, con las drogas, con la comida, con las cosas materiales y aun consigo mismo? El Evangelio de Cristo viene a combatir esta conducta fanática y obsesivo-compulsiva. ¿Quién es el fanático, el que ha dejado de comer dulces o el que devora el paquete entero? Muchos de nosotros somos fanáticos de la salud, y sobre todo de las dietas. Dios nos ha dado consejo sobre qué debemos comer, y esto por razones de salud. Pero seamos claros: Dios no quiere que dejemos de comer, sino que comamos lo correcto. A veces se considera que el gran pecado en esta área es comer en exceso. Sin embargo, yo personalmente creo que quien se obsesiona (y "obsesionarse" es aquí la palabra clave) con no comer, está actuando de manera tan errónea como el que come en exceso.
Durante los últimos tres años me he tomado en serio esta cuestión de estar en forma y saludable. Me llevó tres años darme cuenta de que el escollo a sortear no eran los dulces, sino el hecho de que yo no podía comer sólo unos pocos, y necesitaba acabar con todo el paquete. En estas circunstancias, ¿cuál es mi instinto carnal para acabar con esta situación? ¡Dejar completamente los dulces! Pero ¿resolvería esto de verdad mi problema de fanatismo? He llegado a la conclusión de que el problema nunca habían sido los dulces y siempre yo mismo. Alguien me confesó una vez que oraba para que el Señor le diese la victoria sobre el azúcar. Ahora bien, si el Señor respondiera a esta plegaria, ¡nunca más podríamos comer fruta! ¿No sería mejor pedir a Dios que nos diese autocontrol? Un fanático es alguien que se obsesiona con un aspecto particular de la vida, moral o inmoral, pero que absorbe todo su tiempo y atención. Es por liberarnos de esta obsesión por lo que debemos orar. Algunos dicen que han dejado la grasa en sus dietas. Ahora bien, es importante reducir las grasas, pero es un error colocar el consumo de grasas y azúcar al mismo nivel que un pecado de robo o adulterio. Muchos están más preocupados por su consumo de azúcar y grasas que por no adulterar o no robar. Si comer grasas y azúcar fuera un principio del tipo de robar o mentir, entonces la gente de países donde el coco es parte esencial de sus dietas estarían condenados a perdición eterna.
Considero que el problema real de nuestra vida es nuestra conducta obsesivo-compulsiva, nuestra falta de autocontrol. Es por eso por lo que debemos orar. El fanatismo tiene que ver con las obsesiones. El demonio es la mejor ilustración de lo que es un fanático: es alguien obsesionado y totalmente fuera de control. Repito, la verdadera obediencia no es fanatismo, sino la única manera de tener equilibrio y armonía mental, física y espiritual en nuestras vidas.
Otro obstáculo para una vida de obediencia es que acaso estemos practicando lo que podríamos llamar obediencia selectiva. Permíteme explicarlo. Algunos ya han decidido, consciente o inconscientemente, lo que es importante obedecer y lo que no, es decir, lo que a Dios le importa y lo que no. Un ejemplo de obediencia selectiva es la historia del rey Saúl. Dios le había dado una misión especial: tenía que destruir a los enemigos de Dios sin dejar nada con vida. Concluida la batalla, se halló que el rey Saúl había perdonado la vida al rey y a parte del ganado. A causa de su obediencia incompleta, Dios declaró a Saúl desobediente. La Biblia afirma que aquél que ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Por lo tanto, debemos tener lo que podríamos llamar una "obediencia de amplio espectro" en nuestras vidas.
Oro para que el Señor me conduzca a una vida de obediencia, incluso en las pequeñas cosas. Por ejemplo, he decidido que intentaré formarme el hábito de obedecer deliberadamente los límites de velocidad. Desafortunadamente a los ministros se nos acusa de conducir rápido. Decimos que estamos "en las cosas del Rey". Ahora bien, no estoy poniendo este asunto de conducir por sobre los límites al mismo nivel que mentir o robar, pero he llegado a la conclusión de que la obediencia es una actitud mental. Yo no tengo derecho a decir que obedeceré esto pero no aquello, o que una cosa es importante y no la otra. Este tipo de obediencia selectiva es tan sólo desobediencia camuflada. ¿Cómo seré obediente en las grandes cosas si no lo soy en las pequeñas?
Oía una vez un programa de debate en la radio, en el que los participantes discutían sobre los detectores de radares. La conductora del programa afirmaba que ella creía que quien compraba un detector de radares tenía la intención de incumplir las leyes de velocidad. Si esto es verdad, ¿qué mensaje estamos dando a nuestros niños cuando ven que tenemos un detector de radares? Creo que intentar obedecer el límite de velocidad es un ejercicio práctico de obediencia. Si la ley dice que debemos ir a 70 kilómetros por hora, ¿por qué no ir a 70 kilómetros por hora? Alguien podría preguntar, ¿y qué pasa si el resto de la gente va a 90 kilómetros por hora? Aún así, ¿qué nos impide cumplir las reglas?
Otra razón práctica por la que me gusta mantener el límite de velocidad es que lo encuentro menos estresante. Tengo un temperamento nervioso, y cuando voy a la velocidad establecida ¡me ahorro el estrés al ver los controles de velocidad!
La Palabra de Dios nos dice que los Mandamientos no son una carga. Si creemos que lo que Dios nos pide es difícil o demasiado para nosotros, esto es seguramente un signo de que aún no hemos pedido o aun permitido al Espíritu de Dios que convierta estos mandamientos en parte de nuestra vida. Nuestra actitud debería ser: "Señor, me pongo en inmediata obediencia a cualquier cosa que yo sepa que Tú desees." Nos estamos poniendo en grave peligro cuando desobedecemos a sabiendas. Si persistimos en desobedecer lo que sabemos que es correcto estaremos entorpeciendo nuestra conciencia, y más tarde o más temprano perderemos la capacidad de reconocer la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto.
He aquí otro obstáculo importante a la obediencia. No había pensado mucho en esto, pero cuando por fin lo comprendí me dije: "¡Increíble! ¿Cómo no lo vi antes?" Este obstáculo es ponernos nosotros mismos en el camino de la tentación.
En la plegaria del Señor decimos: "No nos dejes caer en tentación". Por supuesto, Él jamás nos pondría en tentaciones. Lo que queremos decir con esto es: "Señor, no quiero encontrarme nunca donde sé que seré tentado".
Si nos pusiésemos a analizar los pecados en que caemos, descubriremos que la gran mayoría de los pecados en que decimos caer son aquéllos en cuya cornisa caminamos. La mayor parte de nuestra tentación a pecar es autoinducida. ¿Recuerdas ese texto en que Jesús nos dice que si tu mano es ocasión de pecado debes cortarla, o que si tu ojo es para ti ocasión de pecado debes arrancarlo? El Señor está diciéndonos que debemos quitar de nuestra vida todo lo que pueda conducirnos a la tentación, todo lo que pueda ponernos en el camino del pecado. Esto va más allá de dejar el alcohol, los cigarrillos o las revistas perniciosas. Debemos erradicar de nuestra vida incluso las cosas buenas, como manos y ojos, si de alguna manera incluso estas cosas nos condujeren al pecado. Nada, ni siquiera las cosas buenas, justifican que perdamos nuestra salvación por su causa. Cada uno de nosotros debe ser consciente de que nuestros ojos, nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestras posesiones, nuestras necesidades materiales y una cantidad de cosas útiles pueden devenir en perversiones, cebos que acaben atrapándonos el alma. Jesús dice que cualquier cosa, sin importar cuán lícita o importante sea, cuando se convierte en piedra de tropiezo o nos conduce a tentación, debe ser erradicada de nuestras vidas.
El Apóstol Pablo nos exhorta a despojarnos de todo peso. Esto significa eliminar todo y cualquier cosa que pueda llevarnos a perder nuestra salvación. Jesús lleva las cosas un poco más lejos cuando afirma que si alguno viniese a Él y no aborreciere a su padre y a su madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser su discípulo. Si nos ponemos a pensar en esto, la mayoría de nosotros hemos excluido a Jesús de nuestras vidas no necesariamente a causa de elementos negativos, sino por cosas que en sí mismas pueden no ser censurables. Siempre hemos estado en guardia contra las cosas diabólicas que nos alejan de Dios, pero no hemos sido siempre tan cuidadosos de asegurarnos de que las cosas así llamadas buenas no nos entorpezcan la obediencia al Padre. Cuando oramos: "No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal," estamos afirmando ante Dios que reconocemos el principio de causa y efecto. Examinemos nuestras vidas y rastreemos, para eliminar, todo lo que pudiere sernos causa de caída.
Además, debemos estar alerta para saber cuándo estamos siendo preparados para pecar. Empleando la terminología militar moderna, precisamos descubrir cuándo estamos siendo "captados" por los radares del enemigo. Leí un artículo en el Reader's Digest llamado "Rescate en Mogadishu." Hablaba sobre cómo, desde tierra, el enemigo puede enviar un rayo láser al aire y encapsularlo en un avión, lo que le permite lanzar una bomba siguiendo ese rayo láser y no el avión en el aire. Pero los aviones van equipados con radares que pueden detectar rayos láser, y si el piloto es capaz de tomar una acción evasiva inmediata, puede evitar que la bomba lo golpee. Yo considero que el Espíritu Santo nos advertirá cuando estemos siendo detectados por radares enemigos.
Quien no reconozca que ciertas cosas en su vida pueden estar conduciéndolo al pecado será un perdedor continuo. Por lo tanto, ésta debe ser nuestra oración: "Señor, muéstrame todas las cosas que me llevan a vivir en desobediencia." Muchas veces nuestra vida espiritual es innecesariamente estresante porque estamos, como se dice comúnmente, apagando incendios todo el tiempo. El cristiano victorioso aprende siempre más acerca de lo que le ocasiona salirse del camino y ser desobediente. Su vida se vuelve exitosa porque aprende el sentido real de las palabras: "No nos dejes caer en tentación."
Otro obstáculo para la obediencia es el orgullo. En efecto, la obediencia no es posible sin humildad. En Filipenses 2:8 se nos dice que incluso la obediencia de Jesús se basó en el hecho de que Él mismo se humilló.
Aunque con muchos nombres, el pecado es en realidad uno solo, causante de la perdición de todo aquél que se pierda. Es el primer pecado, el encontrado en el corazón de Lucifer, y el último en cometerse. Es, como diríamos hoy día, la madre de todo pecado. Este pecado es el orgullo. Aun siendo uno solo tiene, como la moneda, dos caras: la una es el orgullo; la otra, el egoísmo, pero es, en realidad, la misma moneda. El orgullo es la causa de toda desobediencia. Si pensabas que tu lucha era contra los dulces o algo por el estilo, vuelve a reflexionar sobre esto. Las Escrituras son claras: nuestra lucha no es contra sangre y carne. La razón por la que desobedecemos a Dios es, simplemente, que somos orgullosos y egoístas. El orgullo es esa vieja tendencia a reaccionar diciendo: "Nadie va a indicarme lo que tengo que hacer", y es, así, la raíz de la desobediencia.
El orgullo es incurable. La única manera de manejarlo es desprendernos de él, sacrificarlo. Cuando un animal está enfermo o ha sido herido de muerte, decimos que hay que sacrificarlo. Nuestra obediencia a Dios es imposible a menos que sacrifiquemos nuestro orgullo. El Apóstol Pablo lo expresa de este modo: "Muero diariamente." ¿Has dicho alguna vez: "Tengo tal o cual problema en mi vida, pero supongo que es la cruz que debo cargar"? En el sentido bíblico, un problema o una discapacidad no es una cruz. Cuando Jesús nos pide que carguemos nuestra cruz y lo sigamos está hablando de algo diferente.
La cruz no es algo con lo que una persona viva, sino más bien algo a lo que la persona muere. Jesús murió en la cruz. Para un cristiano, la cruz significa dos cosas:
1. Que Jesús murió por mí.
2. Que yo tengo que morir a mi orgullo y a mí mismo.
¿Te das cuenta? Cuando Jesús dijo: "Carga tu cruz y sígueme", estaba diciendo: "Debes morir al orgullo y al egoísmo y entonces podrás seguirme, porque sólo entonces podrás obedecerme." Quien no ha sacrificado su orgullo no puede obedecer a Dios de corazón. Es imposible para el orgulloso y egoísta ser obediente. Quizás obedezca en algunas áreas, pero sólo en aquéllas que considere importante, y por lo tanto, la realidad es que tal persona será desobediente.
¿Hay hoy en tu corazón algo que te aparta de una vida de obediencia a la voluntad de Dios? Si lo hubiere, te invito, sí, incluso te suplico que lo dejes a un lado. Cualquiera que sea el obstáculo, dáselo al Señor, y podrás así experimentar la bendición de una vida de obediencia.
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