Preparando Gente Santa para encontrarse con un Dios Santo
 

 
Compasión

por Richard O'Ffill

En estos tiempos se está produciendo una relevante crisis de identidad en los corazones de muchos miembros de nuestra iglesia. Solíamos tener un claro sentido de misión y propósito. Teníamos la convicción de que el mensaje que Dios daba a nuestra iglesia no era una opción, sino que se trataba de una cuestión de vida o muerte para los cristianos de otras denominaciones y también para los no cristianos.

Parte de nuestro mensaje exclusivo se relacionaba con los acontecimientos de los últimos días. Enseñábamos que habría un movimiento ecuménico, una unión de las iglesias, que sería utilizada por el padre de la mentira para consumar su último gran engaño.

¿Han pensado alguna vez que nosotros mismos podríamos caer bajo este gran énfasis ecuménico? Yo no lo creía, pero ahora esto comienza a inquietarme.

Supongo que tendíamos a imaginar el movimiento ecuménico como en una unión o agrupamiento de organizaciones, en el que una denominación se fusionaría con otra. De hecho, en algunos casos eso mismo es lo que ha ocurrido. En efecto, teníamos la idea de que habría más bien una unión física de organizaciones.

Sin embargo, esto resulta hoy altamente improbable. La esencia del movimiento ecuménico parecería ser, en cambio, una comunión de ideas y conceptos, digamos, un acuerdo respecto a las creencias.

Si el movimiento ecuménico es una fusión ideológica en lugar de una unión organizada, bien podría yo ver a algunos de nosotros quedar atrapados en él.

Permítanme mostrarles cómo podría suceder. Comienza cuando decimos: Los hijos de Dios no son tan sólo los miembros de nuestra iglesia; esto es verdad. Luego planteamos que mucha gente de otras denominaciones son mejores cristianos que nosotros; esto también es cierto.

Entretanto, como cualquiera en su sano juicio, intentamos mostrar a los miembros de las otras denominaciones que somos tan cristianos como ellos. Para probarlo, empezamos por llamarnos 'cristianos adventistas del séptimo día', mostrando así que somos parte de la familia. Por supuesto, numéricamente somos una fracción del resto, por lo que no precisamos delinear parámetros.

Las iglesias "del primer día", que entre otras cosas, predican el tormento eterno, la eterna seguridad, la doctrina del rapto y la inmortalidad del alma, han establecido reglas respecto a quiénes están dentro y quiénes fuera. Desde luego, nadie en su sano juicio quiere quedar fuera, sobre todo cuando las normas sostienen que si una iglesia no pertenece a alguna de las corrientes principales, entonces es una secta. De modo que en los últimos años hemos intentado estrechar la brecha o cubrir las diferencias para no ser considerados secta.

Solíamos amenazarlos con la marca de la bestia. Ahora, ellos nos amenazan con la marca de la secta. Hermanos y hermanas, no olviden que aunque la mano del hombre ponga en ustedes el estigma de la secta, es Dios quien al final decidirá quién es cada cosa. Lo que quiero decir es que el hombre ha impuesto sus propios criterios para establecer qué iglesia es una secta y cuál no lo es, y no debemos temer el daño que nos sobrevenga de parte del hombre, sino sólo lo que Dios pueda hacer con nosotros. Por esta razón, el mensaje en estos últimos tiempos es no temer ni ensalzar al hombre, sino temer a Dios y darle a Él toda la gloria, porque se acerca la hora de su juicio.

Estamos a la defensiva. Nos mostramos vacilantes, urdimos excusas y pedaleamos hacia atrás. Amigos, no tenemos nada que perder con que se nos pongan rótulos. Tenemos el mensaje, yo diría, el único mensaje que preparará a esta generación para hacer frente al gran engaño y encontrarse con un Dios santo. Es hora de que dejemos de preocuparnos por nuestra imagen y por el modo en que los demás nos consideran y comencemos a estar, como los Apóstoles, llenos de la valentía del Espíritu Santo.

El Evangelio que se predica en las iglesias "del primer día" está lleno de error, y no resistirá el peso del aprueba en los días postreros. Comprendan que no estoy condenando a nadie, pero una persona que no es capaz de diferenciar lo correcto de lo incorrecto ni la verdad del error está en un gran problema.

El Evangelio tal como lo predica la Iglesia Adventista del Séptimo Día es la verdad para estos tiempos. Nuestro mensaje no se diferencia de los de las otras iglesias en los detalles sino en sus fundamentos.

No se trata simplemente de entender qué día es el Sabbath. Lo esencial es saber qué ocurre con una persona cuando ésta recibe la salvación. El verdadero debate no se plantea en términos de "salvación por la fe versus salvación por las obras", sino que se refiere a cómo funciona la salvación y cuáles son las obras de justicia.

El gran peligro es que nos debilitemos, que nos alejemos de la tarea que Dios nos ha llamado a realizar. Podemos decir con seguridad que hay cristianos maravillosos fuera de la iglesia que tienen salvación en Cristo, pero no nos equivoquemos: nunca debemos perder de vista el hecho de que Dios está llamándolos, a fin de que no sean engañados y para que no pierdan su salvación.

Por si lo han olvidado, la Iglesia Adventista del Séptimo día tiene un mensaje de vida o muerte para el mundo en este siglo XXI. Este mensaje no es una opción sino un deber, y no es una palabra de condenación sino de salvación. En las horas finales de la historia de este mundo, todos los verdaderos hijos de Dios, fueren de la denominación que fueren, aceptarán este mensaje.

Dejemos, pues, de preocuparnos acerca de nosotros mismos y comencemos a preocuparnos por los no redimidos. Aunque otros puedan pensar lo contrario, la Iglesia Adventista del Séptimo día no intenta ejercer la persuasión ni el proselitismo, sino que sólo busca la salvación.

Recuérdenlo, la iglesia más extensa del mundo es una verdadera secta, pero nadie se atreve a llamarla de ese modo. Hallarán en estos días, y aún más en el futuro, que nuestra iglesia será llamada secta. Pero ser considerado miembro de una secta no nos modifica como personas. Recuerden que es parte de la naturaleza humana estigmatizar a alguien dándole nombres sólo porque no podemos responderle.

Si se preguntan hacia dónde nos encaminamos, revisen la Palabra de Jesús. Él dijo que antes del fin, sus seguidores serían odiados por todas las naciones a causa de Su Nombre. Pero he ahí la victoria que sobrevendrá en el mundo, incluso en nuestra fe.

La mayoría de los que decidan abandonar el barco antes del fin estará formada por aquéllos que no pudieron soportar el peso de lo negativo.

Pido disculpas por este prólogo a mi sermón. No quisiera sonar como un profeta de condenación. Pero es hora de ajustar nuestros cinturones espirituales, cerrar nuestras bandejas y poner nuestros asientos en su original posición erguida. Nuestra redención está hoy más cerca que en nuestro primer día de creyentes.

He estado presentando esta serie titulada 'Una vuelta a las bases'. Estos sermones se apoyan en la premisa de que el lenguaje tiende a reflejar la cultura, el estilo de vida y, por decirlo así, el pensamiento políticamente correcto del momento.

Hoy, tinieblas cubren la tierra y la oscuridad envuelve a las naciones, y las palabras que tradicionalmente han servido para expresar ideas de luz y verdad comienzan a cobrar un significado diferente. En los asuntos espirituales solíamos referirnos a la luz y la oscuridad. De hecho, la Biblia no habla de otra cosa. Ahora, sin embargo, se ha incorporado el gris, incluso en lo que se relaciona con la fe y la moral.

Estoy llamándoles la atención sobre palabras que siento que están corriendo un particular riesgo de ser mal utilizadas y mal entendidas. La continua decadencia del estilo de vida y la moral está corrompiendo, acaso fatalmente, palabras que eran originalmente destinadas a transmitir verdad y pureza. En este sermón quiero que pensemos en la palabra "compasión".

Debemos ser cuidadosos, cuando enfocamos un punto de vista, de observar también su opuesto; de hecho, solemos irnos de un extremo al otro.

Una moneda siempre tiene dos caras. Siempre es necesario ver los dos lados de cualquier cosa. Lo he dicho antes y volveré a decirlo: el fanatismo con frecuencia enfatiza una verdad en desmedro de otras.

En cuestiones de fe y de moral es importante apreciar la imagen del todo, no para comprometernos con los principios contrarios o con el mal, pero sí para tener una visión equilibrada.

Afirmamos que Dios odia el pecado pero ama a los pecadores, y que ésta debiera ser también nuestra actitud. Pero nos resulta más fácil decirlo que hacerlo, por dos razones. La primera es que nuestro instinto natural es amar el pecado; la segunda, que somos propensos a disgustarnos con cualquiera que no concuerde con nuestros puntos de vista. De modo que en esto de odiar el pecado y amar a los pecadores, tendemos a hacer sólo una parte.

Permítanme explicarlo. Quienes odian el pecado tienden a odiar a los pecadores, y los que aman a los pecadores suelen ser demasiado blandos respecto del pecado. Puede sonar extraño, pero creo que en este siglo XXI el pecado avanza bajo la protección de la Constitución y la Lista de los Derechos del Ciudadano.

Pero esto siempre ha ocurrido. El demonio siempre ha utilizado la compasión y la misericordia de Dios como un escudo para hacer avanzar su causa. La Constitución y la Lista de los Derechos del Ciudadano de los Estados Unidos, tal como otras legislaciones de otros países, nunca tuvieron intención de ser vehículos de protección y promoción del mal; por el contrario, estaban destinadas a proteger la verdad y la rectitud en la sociedad. En el siglo XXI los grandes principios de la rectitud están siendo violados por las fuerzas del mal. El demonio continúa ganando terreno. En efecto, las Escrituras dicen que tinieblas cubrirán la tierra y oscuridad las naciones. Pero ante esto, nosotros no reaccionamos como la Biblia nos enseña a reaccionar cuando dice que cuando el demonio llegue como una tempestad alzará Dios estandarte contra él. En cambio, el clamor que surge de muchos púlpitos en esta nación es más bien un llamado a la compasión. Creo que si no ponemos a la compasión en el verdadero contexto de su significado, este llamado a la compasión en la comunidad cristiana puede, de hecho, facilitar la expansión del mal y la corrupción de la sociedad.

En este sentido, es interesante escudriñar la Historia. En otros tiempos de oscuridad moral, los profetas y predicadores que promovieron avivamiento y reforma no predicaban la compasión. De hecho, esos mensajeros eran vistos por la mayoría de sus oyentes como cerrados e intolerantes. Como ven, en tiempos como éstos debemos cuidarnos de generar señales de conflicto.

Creo que si tuviésemos que predicar un único mensaje aplicable a la mayoría de nuestros oyentes, el tal mensaje no debería tener que ver con la compasión, sino con la cuestión de institucionalizar el pecado en nuestra vida y nuestra sociedad.

Muchos de los nuestros en la iglesia no se sienten cómodos al hablar de los problemas sociales. Decimos que no deberíamos intentar legislar la moralidad, lo cual realmente me confunde, porque las sociedades civilizadas siempre han legislado la moral en lo que respecta a las relaciones interpersonales y sociales.

Sospecho que muchos de nosotros somos sensibles en lo que se refiere a libertad religiosa. Por supuesto, no consideramos que las leyes del mundo deban interferir en ningún caso con las relaciones del hombre con Dios, pero de algún modo hemos olvidado que los últimos seis Mandamientos son de clara índole social.

Si Dios hubiera creado sólo una persona en este planeta y la hubiese dejado allí para que viviera feliz para siempre, esa persona no hubiese precisado los últimos seis Mandamientos. Éstos fueron dados por Dios como legislación social, y ninguna sociedad puede permanecer viable por mucho tiempo sin ellos. A esto, ustedes podrían afirmar: "Pero nosotros somos la iglesia, no la sociedad". Por favor, revisemos el concepto. La Iglesia no sólo es una parte de la sociedad, sino que es en sí misma una sociedad pequeña.

Dondequiera que haya más de una persona tiene usted una sociedad. El esposo y la esposa forman las bases de una sociedad. Ser una iglesia no nos elimina de la sociedad ni nos exceptúa de ser miembros de ella. De hecho, la iglesia misma es probablemente uno de los ejemplos más vivos de comunidad.

De manera que cuando predicamos que no deberíamos legislar los últimos seis Mandamientos en la sociedad secular, este modo de pensar se refleja inmediatamente en la moral y los parámetros de la Iglesia como sociedad. Estamos presenciando un alejamiento práctico en cuanto a las normas de la Iglesia.

Por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender, muchos en estos días ven las normas como algo en conflicto con el verdadero espíritu del Evangelio. Es como si una persona no pudiese creer en las reglas y al mismo tiempo ser compasivo. Esto puede ser el resultado del acercamiento y de la reacción que tradicionalmente hemos tenido hacia las normas.

Recientemente conversaba yo con una persona que había sido miembro de la Iglesia durante cerca de 50 años. No hablaba él apretando los dientes sino con lágrimas en sus ojos, mientras me contaba cómo sentía que las normas de la Iglesia se habían perdido con el correr de los años.

Me contó que en años pasados, las jóvenes eran expulsadas de los colegios por llevar el cabello corto, lo que se conocía como "raparse". En mi generación, recuerdo que los jóvenes eran expulsados por llevar cabello largo.

Ahora bien, yo no creo que en realidad nadie haya sido nunca expulsado de un colegio por tener el cabello corto o largo, y ni siquiera por beber o fumar. Los jóvenes fueron y son expulsados o sancionados por desobediencias, por romper las normas o reglas que acordaron respetar cuando ingresaron al colegio.

La razón por la que recibimos una multa de tránsito no es que exista una velocidad equivocada, sino que lo que ocurre es que estamos desobedeciendo las leyes de tránsito. Antes recibíamos multas si íbamos a 65…, ahora es a 75. Como ven, no es el número lo que importa sino el principio. Y el principio al que nos enfrentamos en nuestra relación con Dios, entre nosotros y con la sociedad, es: ¿seremos o no seremos obedientes?

Y he aquí el obstáculo. Las Escrituras afirman que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios. A propósito, este texto no sólo se refiere a los malvados, sino que también se aplica a aquéllos a quienes se considerará piadosos.

Ahora, díganme ustedes: cómo puede ponerse un conjunto de reglas, ya sea en la sociedad secular o en la Iglesia, sin que alguno de los nombrados en esa lista se sienta molesto? El hecho es que esta actitud actual de egoísmo y desobediencia desafía la implementación de cualquier conjunto de normas en la Iglesia o la sociedad entera.

En estos días la desobediencia reina amparada bajo los Derechos Humanos, y cuando es criticada se oculta tras la muralla de la compasión. Una sociedad o una iglesia sin normas de conducta es tan compasiva como sociedad, como amante en términos bíblicos es un padre que consiente con indulgencia cada capricho de su hijo.

La compasión que se compromete con el mal o lo tolera no es compasión en absoluto. Hay un creciente malentendido y un abuso de este término que facilita la propagación del mal.

Es tiempo de tomar nuestra causa, no contra los pecadores. pero sí definitivamente en contra del pecado. El demonio ha invertido las fichas: ha conseguido inculcar la culpa respecto de la rectitud, cuando el objeto de todo el Evangelio es llamar a los pecadores al arrepentimiento. Es cierto que los rectos deben tener una actitud similar a la de Dios para con el pecador, pero no nos equivoquemos: los pecadores deben, si quieren ser salvos, tener una actitud similar a la de Dios para con el pecado, o simplemente perecerán en su iniquidad.

Alguien dijo que la Iglesia no es una residencia para santos sino un hospital para pecadores. Al principio no lo comprendí, porque me sonaba como: "Si quieres pecar, entonces vé a la Iglesia".

Pero la palabra clave aquí no es ni santo ni pecador, sino hospital. El hospital es para los enfermos, no para aquéllos que están sanos. El hospital no es un lugar al que la gente que se siente bien va a fin de enfermarse, ¡sino el lugar al que los enfermos acuden para sentirse bien!

Si a alguien le gusta estar enfermo y no quiere ponerse bien, no necesita gastar tiempo y dinero en acudir a un hospital.

Del mismo modo, si alguien disfruta del egoísmo, del orgullo, de la ira, de la lujuria y del placer, no debería molestarse en ir a la Iglesia, porque la Iglesia es el lugar al que vamos para ser curados y liberados de pecados que están arruinando nuestra calidad de vida y la de los otros.

¿Saben lo que es un cangrejo de río? Creo que su nombre real es cigala. Yo me crié en Kentucky y Tennessee, y de niños solíamos encontrar cangrejos de río en los riachuelos; se ocultaban bajo piedras y rocas. Dábamos vuelta una piedra, y ahí estaba el cangrejo. Yo siempre les tuve un poco de miedo porque tienen pinzas como las langostas.

Un día en la clase de biología, la profesora nos mostró la partecita del cangrejo que controla su sentido del equilibrio y le permite que quede parado del modo correcto. Recuerdo que puso un trocito de cerilla sobre aquella parte del cangrejo, e inmediatamente el animalito dio la vuelta y cayó de espaldas.

¡Aquel pedacito de cerilla estaba confundiendo la habilidad del cangrejo de saber qué lado de sí mismo iba hacia arriba!

Gente, en este siglo XXI el Demonio trabaja para confundirnos. También nosotros hemos casi perdido la capacidad de reconocer qué lado es el correcto en cuestiones de fe y de moral. La Biblia predecía que esto ocurriría. Las Escrituras enseñan que la gran mentira final estaría tan bien planeada que engañaría hasta a los mismos elegidos.

Hemos llegado a un tiempo en que la mayoría cree que arriba es abajo y abajo es arriba. La sociedad ha ubicado la compasión en un lugar en el que llama malo a lo bueno y bueno a lo malo. La Palabra de Dios y su seguridad son puestas de cabeza, y el infierno entero está liberándose, si me permiten decirlo así, mil años antes de tiempo.

Antes no comprendía cuando nos decían que, a menos que estuviéramos en la Palabra de Dios en los últimos días, no podríamos ser salvos. Yo no veía cómo, porque conocía, comprendía y aceptaba los 27 dogmas básicos. Pero ahora sé lo que querían decir. Las cuestiones son sutiles. Lo que se ve no es necesariamente lo que se obtiene. El demonio emplea con nosotros una táctica de cebo y sustitución: promueve la compasión y los derechos humanos, y nos da perversión y anarquía moral.

Aquí en Florida, los techos de las casas raramente duran los 20 años que se dan como garantía. A causa del extremo calor del verano y la abundancia de lluvias y humedad, con frecuencia el techo se hace viejo en diez o doce años.

A menudo, cuando se pone un techo nuevo y se quita el viejo, descubren que de algún modo el agua se ha colado por debajo, y aunque no ha llegado todavía a la casa, ya hay maderas podridas. En estos últimos días las mentiras del diablo se han filtrado, lenta pero certeramente, y hay ya evidencia clara de podredumbre social y espiritual.

El demonio ha estado haciéndonos juegos de palabras y casi ha tenido éxito, como dice la Escritura, en convertir en mentira la verdad de Dios, puesto que muchos se resisten a creer y aceptar la Verdad de Jesucristo. La Escritura afirma que Dios les enviará un poder engañoso, para que crean la mentira y sean condenados.

Entre los que estamos aquí, algunos se llaman a sí mismos liberales y algunos conservadores. ¿Qué debe ser un hijo de Dios del siglo XXI? La respuesta puede ser ninguno o ambos. De hecho, debemos ser tan compasivos con los pecadores como muchos liberales, pero tan opuestos al pecado como los conservadores.

¿Sabía usted que en su tiempo en la tierra, los liberales pensaban que Jesús era conservador y los conservadores lo tildaban de liberal? Los liberales y los conservadores de los tiempos de Jesús discordaban en todo, excepto en lo que tenía que ver con Jesús: los dos grupos creían que tenía que morir.

De modo que los verdaderos hombres de Dios en los últimos tiempos serán considerados antisociales e inaceptables por las dos posturas opuestas, y por fin, los que ostentan el poder religioso y los humanistas seculares concordarán en que esta gente no encaja en la Nueva Orden Mundial.

Los hombres de Dios del siglo XXI constituirán la generación más compasiva que jamás haya existido, pero no se harán cómplices de los pecados reinantes en la sociedad. Debemos resistir al pecado y a la maldad en nuestra propia vida y en la sociedad, de igual modo que un cirujano es capaz de quitar un tumor maligno sin dejar paralizado al paciente.

¿Cómo podría esto decirse más claramente? Jesús vino a destruir el pecado y a salvar a los pecadores. En el siglo XXI esto es un delicado acto de equilibrio, pero con la presencia del Espíritu Santo de Cristo podemos tener el mismo pensamiento. Podemos, debemos, y para Su Gloria, ¡lo haremos!

El llamado a la compasión en el siglo XXI puede muy bien ser la cortina de humo de la que las fuerzas del mal se aferren para neutralizar y desarmar las fuerzas de la virtud.

No hace mucho mencioné algo sobre mi preocupación respecto a que la sociedad no debería legitimar lo que Dios ha declarado como ilegítimo ni aceptar lo que Dios ha maldecido, como la práctica de la sodomía. Luego del servicio, una persona expresó que yo no me había mostrado compasivo. Algunos sectores usan la palabra "compasión" para acallar las voces que hacen un llamado a la moralidad y a la protección de los valores de la familia. La persona que me dijo que no había sido compasivo preguntó además si yo tenía homofobia. "Sí", dije. "Tengo fobia a la homosexualidad, como tengo también fobia al asesinato, fobia al robo y fobia al adulterio".

La compasión nunca fue una emoción que se quedase de pie viendo a otros sufrir, ser físicamente golpeados o padecer de una fatal enfermedad espiritual. La compasión es la emoción que no mira incendiarse la casa del vecino sino que lucha por apagar las llamas. La compasión no observa cómo alguien muere de hambre sino que lo alimenta. La compasión tiene como base una sabiduría que distingue lo correcto de lo errado. Quien no puede decir de verdad cómo tendrían que ser las cosas jamás puede ser compasivo en ningún sentido de la palabra.

Un deseo consciente o inconsciente de cubrir o racionalizar nuestros propios pecados puede desembocar en una falsa compasión.

Cabe repetir que la teología de una persona tiende a reflejar su moralidad. Si conscientemente encubrimos algún pecado en nuestras vidas personales, corremos el riesgo de ser pronto incapaces de discernir entre lo correcto y lo incorrecto, y de perder la capacidad de separar los principios de Dios y del diablo.

Para evitar que esto suceda en nuestras vidas y para lograr tener compasión en el verdadero sentido del término, debemos permanecer siempre en actitud de genuino arrepentimiento y aborrecimiento al pecado. Esto nos conducirá a buscar y hallar perdón y sanidad de parte de Dios. Y al experimentar el perdón y la sanidad, tendremos entonces un testimonio de esperanza y de victoria para los demás.

La compasión no es, después de todo, la emoción que cierra los ojos ante el pecado sino la misma actitud de Cristo, que al ver a la multitud se compadeció de ella. La compasión es la actitud que llama a los pecadores a arrepentirse, a aceptar el perdón de Dios y abandonar su vida de iniquidad.

Quien no comprenda que el cáncer es fatal no podrá tener verdadera compasión por las víctimas de esta enfermedad. Quien no aprecie el dolor y la desesperación derivados de la pobreza no podrá compadecerse de los pobres. Quien no acepte que el precio del pecado es la condenación eterna no podrá compadecerse de verdad por los pecadores.

 
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